¿Estoy Enfermo de Hepatitis?

Unos 500 millones de personas en todo el mundo están infectadas del virus de la hepatitis B o C y no lo saben
O bien creen que se trata de una simple gripe
A pesar de ser una de las enfermedades menos detectadas, las complicaciones asociadas, como cirrosis o cáncer de hígado, pueden ser muy graves


2010-09-26 13:20:48


Francisco Galindo

Existen seis tipos de hepatitis, clasificadas de acuerdo con las seis primeras letras del abecedario. Las más habituales son la A, B y C, y también las más contagiosas. La hepatitis A, la menos mortal de las tres y con menos riesgo de cronificarse, es consecuencia de la falta de higiene y se contrae en ocasiones por la ingestión de agua o comida contaminadas, o bien por el contacto con restos de heces de personas infectadas. La B y la C se han convertido en las variantes más peligrosas y propagadas de esta patología que puede afectar no sólo al hígado sino también al páncreas.

Una de las características principales de la hepatitis B es que es asintomática hasta que el daño hepático es grave. En la fase inicial muchos de los afectados confunden la patología con una gripe, ya que a las décimas de fiebre que presenta el enfermo se le suelen añadir síntomas tan aparentemente “gripales” como inapetencia, fatiga, dolores musculares, náuseas y orina turbia.

Dos semanas.

Las personas diagnosticadas a su debido tiempo consiguen, en general, que las constantes vitales y hepáticas vuelvan a la normalidad en cuatro o seis meses, si bien la fase aguda de la hepatitis B suele durar dos semanas, o tres como mucho. Las pruebas principales para detectar si está o no infectado se basan en los análisis de los niveles de albúmina y de la función hepática.

Durante esa fase, no queda otra opción que guardar reposo, tomar muchos líquidos, combatir la fiebre con antipiréticos y alimentarse sana y adecuadamente.
Existe un porcentaje de enfermos, entre el 10 y el 15 por ciento, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en los que la enfermedad queda cronificada, con el riesgo de que la hepatitis evolucione hacia una cirrosis o un cáncer hepático. En algunos casos la única solución sería un trasplante de hígado.
La hepatitis B se puede prevenir con una vacuna y tratarse también, en determinados casos, con inyecciones de anticuerpos específicos de inmunoglobulina.

Las autoridades sanitarias europeas calculan que en el Viejo Continente sólo el 15 por ciento de las personas que están infectadas con el virus de la hepatitis B –unos 14 millones-reciben el tratamiento adecuado, bien porque no han sido diagnosticados o porque no tienen acceso a la medicación.

"Busco amigo. Soy una chica guapa y simpática. Puedo ser silenciosa y discreta. Podrías ni enterarte de que estoy ahí hasta que sea tarde. Tal vez te suena mi nombre: Soy hepatitis B. ¿Me conoces?", dice el texto de un cartel que ha comenzado a distribuirse este mes de septiembre por toda España con el objetivo de sensibilizar a los inmigrantes sobre esta infección.

Este cartel forma parte de una campaña para animar a la gente, sobre todo a los recién llegados, a hacerse la prueba que determina si hay o no infección.
José Antonio Pérez, del Servicio de Enfermedades Infecciosas del Hospital Ramón y Cajal de Madrid, dice que el inmigrante con hepatitis B que vive en España suele ser un varón joven que ignora que se ha infectado.

"La hepatitis B es entre cincuenta y cien veces más contagiosa que el VIH. Sin embargo, mientras que casi todo el mundo ha oído o conoce algo del sida, la hepatitis sigue siendo una gran desconocida para la mayoría de la población", comenta el experto.

Fluidos corporales.

El virus de la hepatitis B está presente en todos los fluidos corporales de la persona infectada: sangre, semen, saliva y orina. Las vías principales de propagación del virus de la enfermedad, al igual que ocurre con el VIH, se localizan en los contactos íntimos con personas infectadas, pero también podemos contagiarnos si compartimos el cepillo de dientes o la maquinilla de afeitar de una persona enferma.

Otros factores principales de riesgo de esta enfermedad son los tatuajes o "piercings", el consumo de cocaína intranasal, las transfusiones de sangre, el uso compartido de jeringuillas, o las intervenciones dentales en lugares sin una correcta esterilización.

La exposición al virus de la hepatitis B puede aumentar por otro lado el riesgo de cáncer pancreático, según un estudio del Centro Oncológico M.D. Anderson, de la Universidad de Texas (EEUU).

En la investigación con 879 personas se determinó que la exposición a la hepatitis B fue detectada en un 7,6 por ciento de los pacientes con cáncer de páncreas, lo cual lleva a los científicos a considerar que el virus de la enfermedad causa daños al ADN en el páncreas y abre la puerta a la formación de tumores, muy difíciles de tratar porque se manifiestan en una fase ya muy avanzada.

Sangre contaminada.

La hepatitis C puede presentar un cuadro claramente sintomático cuando la cirrosis se ha formado, o bien puede ser asintomática durante algún tiempo, si bien hay una serie de indicios que invitan al paciente a la preocupación, entre ellos los dolores abdominales agudos, la ascitis, que consiste en una acumulación de líquidos en el abdomen e hinchazón de los tobillos, y el prurito (picazón) generalizado.

Otros síntomas de este tipo de hepatitis son también de apariencia “gripal” como décimas de fiebre, inapetencia, náuseas y fatiga.

La OMS indica que la mitad de los 170 millones de casos de hepatitis C registrados en todo el mundo se dan en ámbitos donde imperan la falta de higiene y el hacinamiento. Otros grupos de riesgo son las personas sometidas a diálisis durante largo tiempo o a transfusiones sanguíneas, y también los trabajadores de la salud que se ven obligados a manipular jeringuillas infectadas.

Un reciente estudio científico ha descubierto el por qué de la elevada incidencia de la hepatitis C en Egipto en la última década, donde cada año se registra medio millón de nuevos infectados, la tasa de incidencia más alta en todo el mundo.

Según un artículo de la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), el germen del desmesurado aumento de casos hay que buscarlo en los años sesenta, cuando se iniciaron unas campañas de prevención en el país norteafricano contra la esquistosomiasis, una enfermedad parasitaria crónica causada por gusanos que habitan en el Nilo.

Para controlar la esquistosomiasis se administraron dos millones de inyecciones de antimonio que lograron su cometido de forma efectiva. Sin embargo, al mismo tiempo que el parásito de esa enfermedad se controlaba, el virus de la hepatitis C se propagaba debido al uso y a la reutilización de jeringas y agujas que no eran esterilizadas.

La mayoría de los afectados de hepatitis C, para la cual no existe vacuna, lo están de forma crónica ya que el virus no desaparece, y sólo se reduce su acción a través de tratamiento caros y prolongados –entre 24 y 48 semanas- a base de antivirales específicos, como la ribavirina.

Sin embargo, los efectos secundarios de estos fármacos son preocupantes: depresión, fatiga, irritabilidad, vómitos, dolor de cabeza y caída del cabello, entre otros.



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