“…uno de los modos más frecuentes de definir los partidos políticos es el de mostrar la función de articulación, de agregación y transmisión de las demandas que provienen de la sociedad civil y están destinadas a resultar objeto de decisión política”
N. Bobbio
El sistema de partidos es una condición sine qua non de la democracia. Los partidos entendidos desde la perspectiva de las definiciones ideológicas y no como simples puertas de entrada al poder. Sin embargo, cabe preguntarnos: ¿los partidos existen en México?.
Octavio Paz sostenía que México prácticamente durante todo el siglo XX había carecido de partidos políticos sólidos. Reconocía que se había generado una expectativa con la reforma reyesheroliana de diciembre del ’77. Pero quedó en eso. En una promesa.
Hoy se habla de una nueva reforma del Estado. Se habla del tema en los mismos términos en los que se aludió a la “transición” a la llegada de Vicente Fox a la hoy abollada presidencia de la República. Una razón de tanto entusiasmo tiene que ver con los destrozos derivados de la crisis.
La verdad es que a estas alturas ya es poco lo que se puede esperar. La gran reforma reyesheroliana del ’77 en el siglo pasado, quizá tuvo como principal mérito el haber abierto las puertas de la participación pacífica, a la que se autodenominaba izquierda mexicana. ¿Hacia dónde pretende dirigirse una propuesta de reforma del Estado en las actuales condiciones en las que la mercadotecnia ha ocupado el lugar de los debates en torno a las ideas?
No importa si en otro tiempo y en otro lugar ha ocurrido lo mismo que en México ahora. Lo que no cabe duda es que los partidos hoy representan todo menos los intereses de la sociedad. Los resultados ahí están: políticos que no son políticos, funcionarios que no funcionan, gobierno que no gobierna ni en su casa. Cuando el objetivo es llegar al gobierno sin tener idea de su importancia, lo que pasa es lo que vemos, el desgarriate generalizado.
A estas alturas, parece que se hace necesario abrir las puertas de la democracia, de la vía pacífica para acceder al poder, a los ciudadanos. Los partidos se han cerrado a la ciudadanía. Salvo honrosas excepciones, los dirigentes responden más a intereses de grupo o a figuras autoritarias.
La vida institucional de los partidos prácticamente no existe. No existe el debate al seno de los partidos. Estamos lejos de atestiguar debates partidistas como los que hemos visto en los dos principales partidos de los Estados Unidos, a los que se ven en el Reino Unido, o en Francia, o más recientemente en España. La deliberación es inexistente. El autoritarismo se manifiesta de manera rampante.
Por ello, si le asiste la razón a Mazzini, es verdad que “El partido más fuerte es el partido más lógico”. En las actuales condiciones no se podría dejar en claro cuál es el partido más fuerte en términos reales, no mitológicos. Peor si nos atenemos al hecho de que las personalidades han rebasado una y otra vez a los partidos, recurriendo a ellos solamente para formalizar el afán de acceso al poder público.
No es un “partido” en particular en el que se registran tales defectos. El problema es generalizado. Por eso es que vemos que las contradicciones se suelen resolver al seno de los partidos, no como consecuencia del debate, no como saldo de una guerra florida, sino como muestra de la correlación de fuerzas.
Los partidos de derechas y los de izquierdas no se definen claramente por sus posiciones políticas y menos por sus definiciones ideológicas. Para empeorar las cosas, lo que vemos es que los partidos registran documentos básicos que suelen ser muy diferentes de sus plataformas electorales, y estas distintas del mensaje de sus candidatos y estos diferentes de la publicidad que se elabora en despachos que nada tienen que ver con las posturas ideológicas o políticas de los partidos y sus candidatos y sus dirigencias.
¿Quién va a construir los acuerdos que se requieren para una reforma del Estado? Una reforma del estado a estas alturas de la administración del Presidente Calderón ya no es viable. No hay tiempo. Los actores están más preparándose para las próximas elecciones que para las próximas generaciones.
¿A quién van a representar las dirigencias de los partidos? Si no existe deliberación al seno de los partidos, si sus contradicciones son resueltas por golpes de autoridad o por medios no políticos, ¿cómo se van a legitimar las nuevas reglas del juego?
Los partidos están en un laberinto del que no pueden salir. Parece que no van a salir. La transición, la reforma del estado, no puede prosperar si no existe una voluntad y una idea clara de lo que se requiere. No hay idea. Si no hay idea no puede haber cambios sustanciales. Si no existe teoría revolucionaria no puede haber movimiento revolucionario, sostenían hasta hace algunas décadas algunos pensadores de izquierda.
Hoy evidentemente existe un desdén enorme por las ideas. Eso no significa que no haya quienes posean ideas políticas. Los hombres y mujeres de las ideas simplemente no están donde deben estar. Equivocadamente se tiene la convicción de que las contradicciones deben resolverse vía encuestas. Encuestas que luego fallan igual que otros mecanismos anti políticos. Peor, esos fracasos por la vía de las encuestas no dejan nada de ganancia.
Los liderazgos no se construyen sobre la base de reglas políticas claras. En las actuales condiciones la legitimidad se construye necesariamente a espaldas de los mismos partidos políticos. Los partidos no suelen encabezar los movimientos internos de los partidos. En cada partido cada quien le reza a su santo y se olvida de postulados y definiciones ideológicas.
La verdad es que nada precede a la idea. Nada precede a la idea. Ese conjunto de ideas son las que en su conjunto definen las características ideológicas de los partidos. Sin ese conjunto de ideas lo que se manifiesta es el imperio de las ocurrencias. Ocurrencias que ciertamente llevan a un destino, pero no llevan a un destino previamente configurado, sino que se rige por el azar.
En política no se puede actuar sobre la base de ocurrencias al margen de las ideas. De lo contrario, lo que se manifiesta es un caos, un “desgarriate” que nos recuerda al presente en el que no se vislumbra un proyecto claro y por lo mismo, tampoco se percibe un destino claro.
Es necesario reforzar la definición de las ideas al seno de los partidos. No las ideas como una lluvia de ocurrencias, sino como un entramado intelectual que defina rumbos claros, pero no hecho sobre las rodillas sino como consecuencia de la intensa deliberación interna en los partidos.
Si las definiciones ideológicas no se procesan a tiempo, lo que va a pasar es simplemente que seguiremos en las mismas condiciones. Apostarle a lo que ya mostró que no funciona es apostarle al fracaso social, político y peor, al fracaso moral. Para eso se requiere que las puertas de los partidos se abran de par en par al mundo de las ideas, de las ideas políticas no de las ocurrencias.